Imposible no pensar en un juego, aunque a menudo no lo sea
26/01/2008Publicado en Babelia, El País
Kerouac (1922-1969), acaso por ser el primero de los beats célebres en morir -ya muy tocado-, y Allen Ginsberg (1926- 1997), después, un histrión nada desdeñable, son los emblemas de esa generación poética norteamericana, que tiene ya marchamo de clásica, aunque todos padecieron incomprensión y abundantes malas críticas desde el academicismo, aunque tuvieran también el sostén (minoritario, pero fervoroso) de una juventud universitaria en líneas generales muy distinta de la actual, y que apoyaba cuanto sonara a contracultura: el rock, el jazz, las drogas como experimento, la vida como experiencia de límites, cuanto fuera antisistema, y entre ello, el redescubrimiento de ciertas culturas y literaturas orientales (Japón y la India, sobre todo, países a los que además viajaron no en plan turista) donde hallaron modos de vida y literaturas -sobre todo la japonesa- que incidían fuertemente en su voluntad diferente. Pero todo ello fundamentalmente desde una creencia (que de algún modo impregnó a casi todos los beat, sus cercanos y amigos) que fue el budismo, en sus diferentes escuelas y lecturas, y de ahí la práctica de haiku (o jaiku, luchan las dos grafías), que fue un gran vehículo de la expresión del satori, especialmente en la vertiente zen, la más usada por los notables divulgadores que fueron D. T. Suzuki y Alan Watts. El budismo (insisto, en diversas vías) es el gran común denominador del lado oriental de la poesía beat.
Kerouac (tenido fundamentalmente como prosista experimentador del ritmo) sólo publicó un libro de poemas en su vida, Mexico City Blues, en 1959, pero escribió muchísimos jaikus (tradicionales o incluso american way of life), que metía dentro de sus novelas o que dejó en blocs, cartas y diarios. Él mismo llegó a pensar en recogerlos y en hacer un book of haikus, pero la tarea sólo se llevó a efecto muchos años después de su muerte, y de ahí sale el libro ahora traducido, sabio, simpático o monótono, como acaba por ser para un occidental la excesiva acumulación de haikus. Imposible no pensar en un juego, aunque a menudo no lo sea.
LUIS ANTONIO DE VILLENA